La frase del presidente Javier Milei sobre las familias que recurren al crédito para llegar a fin de mes abrió una discusión que va más allá de una declaración política. Mientras el Gobierno reivindica la expansión del crédito como una señal de recuperación económica, los datos oficiales muestran que millones de argentinos acumulan cada vez más deuda y que también aumentó la dificultad para pagarla.
A diciembre de 2025, 20,3 millones de personas tenían algún tipo de financiamiento, según el Banco Central de la República Argentina (BCRA). La cifra se encuentra muy cerca del máximo histórico y representa más de la mitad de la población adulta.
Pero el dato que más llama la atención es el monto. La deuda promedio por persona alcanzó los $4,1 millones a valores constantes de diciembre de 2025, con un incremento real del 24,7% durante ese año.
Las tarjetas de crédito alcanzaban a 14,8 millones de personas, mientras que 11,9 millones tenían préstamos personales.
El crédito, entonces, volvió a crecer. La pregunta es qué hay detrás de ese crecimiento.
Endeudarse no es necesariamente una señal negativa. Un préstamo puede servir para comprar una vivienda, adquirir una herramienta de trabajo o afrontar una inversión. El problema aparece cuando el crédito empieza a utilizarse para cubrir gastos habituales.
Supermercado, servicios, alquiler, reparaciones o una emergencia familiar pueden terminar cargados a una tarjeta o financiados mediante un préstamo. En esos casos, la deuda deja de ser una herramienta para mejorar las condiciones de vida y pasa a funcionar como un complemento de ingresos.
Y cuando el ingreso no se recupera al mismo ritmo que los gastos, la deuda comienza a acumularse.
En ese contexto se entiende la polémica generada por las declaraciones de Milei, quien sostuvo que quienes toman créditos son responsables de sus decisiones y planteó: “No les pusieron una pistola en la cabeza”.
La frase sintetiza una de las principales ideas económicas del Gobierno: las decisiones individuales tienen consecuencias y el Estado no debería hacerse cargo de las deudas contraídas entre privados.
Pero el debate social aparece justamente antes de ese momento.
Porque una persona puede elegir sacar un préstamo. Lo que resulta más difícil de medir es cuánto de esa decisión responde a una elección de consumo y cuánto a la necesidad de cubrir un ingreso que no alcanza.
La otra cara de la expansión del crédito es la capacidad de pago. Durante 2025 aumentaron tanto la cantidad de personas endeudadas como el monto promedio de las deudas, mientras que la morosidad de los hogares también mostró un deterioro.
Eso transforma el dato del endeudamiento en algo más que una estadística financiera.
Detrás de cada préstamo hay una persona. Detrás de cada tarjeta hay un consumo que deberá pagarse el mes siguiente. Y detrás de cada deuda impaga hay, muchas veces, una familia que tuvo que elegir qué pagar primero.
El Gobierno puede presentar el crecimiento del crédito como una señal de normalización de la economía. Y en parte lo es: después de años de fuerte restricción, el sistema financiero volvió a prestar.
Pero el mismo dato puede leerse desde otro lugar.
Si una familia pide un crédito para comprar una vivienda, puede estar construyendo patrimonio. Si lo pide para comprar alimentos o pagar la boleta de luz, está intentando sostener su vida cotidiana.
Por eso, la discusión no debería quedarse solamente en si alguien fue libre de pedir un préstamo.
La pregunta de fondo es otra: ¿cuántas familias se están endeudando porque pueden y cuántas porque no les alcanza?
Porque quizás nadie les puso una pistola en la cabeza.
Pero cuando el sueldo se termina antes que el mes, la tarjeta puede convertirse en la única salida disponible.