Milei se despega del endeudamiento de las familias y vuelve a mirar para otro lado

Mientras miles de familias recurren a tarjetas, préstamos y billeteras virtuales para poder sostener sus gastos cotidianos, Javier Milei eligió nuevamente despegar a su Gobierno de las consecuencias sociales de la economía y relativizar el problema del endeudamiento.

Durante su exposición por el aniversario de la Bolsa de Comercio de Rosario, el Presidente negó que exista responsabilidad de su gestión en el aumento de la morosidad y cuestionó a quienes advierten sobre el deterioro de la capacidad de pago de los hogares.

El dato que queda fuera del discurso oficial es que detrás de la discusión financiera hay personas que todos los meses tienen que decidir qué deuda pagar y cuál postergar. Para una parte importante de la población, el crédito dejó de ser una herramienta para comprar o proyectar gastos: se convirtió en una forma de llegar a fin de mes.

Milei sostuvo que buena parte del problema se explica por los créditos tomados durante 2024 y cuestionó las interpretaciones que atribuyen el aumento de la morosidad a su política económica. De esta manera, la responsabilidad vuelve a quedar principalmente del lado de quienes se endeudaron, mientras el Estado queda prácticamente fuera de escena.

La explicación resulta difícil de separar del contexto económico que atraviesan los hogares. Cuando los ingresos no alcanzan, el consumo cotidiano requiere cada vez más financiamiento y las tasas convierten una deuda pequeña en una bola de nieve, el problema deja de ser simplemente una decisión individual.

El Gobierno reivindica la estabilidad macroeconómica y el funcionamiento del mercado financiero como parte de su modelo. Sin embargo, la pregunta que queda abierta es quién paga el costo cuando esa estabilidad no se traduce en tranquilidad para quienes viven de un salario.

La contradicción aparece con fuerza: mientras el Presidente habla de crecimiento y reivindica los resultados de su programa económico, una parte de la sociedad enfrenta cuotas, intereses y vencimientos que se acumulan.

Y el tono presidencial tampoco ayudó a bajar la tensión. Milei volvió a cargar contra periodistas, economistas y dirigentes que cuestionan su gestión, en lugar de asumir el debate sobre las consecuencias concretas que tiene el rumbo económico sobre los hogares.

La discusión, entonces, no debería reducirse a una cifra de morosidad. El verdadero problema es qué está ocurriendo dentro de las casas: familias que se endeudan para pagar alimentos, servicios, gastos escolares o consumos básicos y que luego deben afrontar intereses cada vez más difíciles de sostener.

La motosierra puede mostrar números ordenados en una planilla. Pero cuando una familia deja de pagar una tarjeta porque tiene que pagar la luz, cuando pide un préstamo para cubrir otro préstamo o cuando el sueldo desaparece antes de terminar el mes, la crisis deja de ser una variable macroeconómica.

Es ahí donde el discurso oficial encuentra una de sus mayores contradicciones: un Gobierno que reivindica haber transformado la economía parece dispuesto a celebrar los indicadores favorables, pero a mirar como un problema ajeno las consecuencias que recaen sobre quienes viven de sus ingresos.

Porque una cosa es hablar de deuda desde un escenario frente a empresarios. Otra muy distinta es enfrentarla desde la mesa de una familia que no sabe cómo llegar al próximo vencimiento.