El consumo de carne vacuna cayó a su nivel más bajo en 30 años y refleja el deterioro del poder de compra

La carne vacuna, uno de los alimentos más representativos de la mesa de los argentinos, atraviesa un momento histórico. Durante el primer semestre de 2026, el consumo interno cayó 11,5% respecto del mismo período del año pasado y alcanzó el nivel más bajo de los últimos 30 años, según un informe de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA).

El informe indica que entre enero y junio se destinaron al mercado interno poco más de 1,01 millones de toneladas de carne vacuna, unas 132 mil toneladas menos que un año atrás. Se trata del peor registro desde que existen mediciones comparables para ese período.

Detrás de esta caída aparecen dos factores que se combinaron durante los últimos meses: el fuerte aumento del precio de la carne y un poder adquisitivo que continúa sin recuperarse al ritmo necesario para muchas familias. Aunque la inflación general mostró una desaceleración, los cortes vacunos siguieron incrementándose por encima del promedio de otros alimentos, obligando a muchos hogares a reducir las compras o reemplazar la carne vacuna por pollo, cerdo u otras alternativas más económicas.

La situación también expone un cambio en los hábitos de consumo. Lo que durante décadas fue un alimento habitual en la dieta argentina hoy comienza a convertirse en una compra más esporádica para una parte importante de la población. En numerosas familias, el tradicional asado de fin de semana o determinados cortes dejaron de ser una opción frecuente y pasaron a reservarse para ocasiones especiales.

Mientras tanto, el sector exportador muestra un comportamiento diferente. Las ventas al exterior crecieron durante el primer semestre, impulsadas por la demanda internacional, especialmente desde Estados Unidos y otros mercados, lo que también reduce la cantidad de carne disponible para el consumo local.

Especialistas del sector advierten que el consumo de carne vacuna suele ser un indicador sensible de la situación económica de los hogares. Cuando el ingreso pierde capacidad de compra, uno de los primeros cambios aparece en la alimentación cotidiana, donde las familias buscan opciones que permitan mantener el presupuesto sin resignar completamente el consumo de proteínas.

El escenario plantea un desafío que va más allá del mercado cárnico. La caída del consumo de un producto históricamente asociado a la identidad alimentaria del país refleja el impacto que la pérdida del poder adquisitivo sigue teniendo sobre la vida diaria de millones de argentinos.