La inflación volvió a subir en septiembre, el costo de las canastas básicas sigue poniendo en aprietos a las familias y el empleo privado registrado acumula 14 meses consecutivos de caída. Los indicadores oficiales reflejan las dificultades de millones de argentinos para llegar a fin de mes, en el marco del programa económico del gobierno de Javier Milei.
Según informó el INDEC, la inflación de septiembre fue del 1,9%, dos décimas por encima de agosto. En los primeros nueve meses de 2026, los precios acumularon un aumento del 23,6%, mientras que la variación interanual alcanzó el 33,4%.
Los aumentos más importantes del mes se registraron en vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, con una suba del 3,1%. Educación aumentó un 3% y los alimentos y bebidas no alcohólicas, un 2%. Son gastos difíciles de evitar que impactan directamente en el presupuesto familiar y obligan a reorganizar las compras, reducir consumos o postergar necesidades.
El costo de sostener un hogar también quedó reflejado en las canastas básicas. Una familia de cuatro integrantes necesitó $1.632.504 en septiembre para no quedar por debajo de la línea de pobreza. Para cubrir únicamente los alimentos indispensables y evitar la indigencia, requirió $738.690.
Pero el problema no termina en los precios. A la presión sobre los ingresos se suma un mercado laboral que continúa perdiendo puestos de trabajo formales. De acuerdo con datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), en julio se perdieron 12.716 empleos asalariados privados registrados respecto del mes anterior. Fue la decimocuarta caída mensual consecutiva.
La construcción retrocedió un 0,6%, mientras que la industria, el comercio, el transporte y los hoteles y restaurantes registraron bajas del 0,3% cada uno. En la comparación interanual, 21 de las 24 jurisdicciones del país tuvieron pérdidas de empleo.
La combinación de estos datos plantea un escenario complejo: mientras los precios continúan aumentando, se reducen las oportunidades laborales y muchas familias encuentran cada vez más dificultades para sostener sus gastos. Quienes conservan sus puestos deben afrontar el costo de vida con sus ingresos disponibles; quienes pierden el empleo enfrentan una situación todavía más delicada.
El impacto también se traslada al consumo. Cuando una parte creciente de los ingresos se destina a alimentos, servicios y vivienda, queda menos dinero para indumentaria, recreación y compras en los comercios de cercanía, con consecuencias para la actividad económica.
El gobierno de Javier Milei defiende el equilibrio fiscal y el control de la inflación como ejes de su programa económico. Sin embargo, los datos sobre empleo y canastas básicas ponen en discusión cuánto de ese rumbo se traduce en una mejora concreta para los hogares.
La discusión de fondo es cuánto tarda una eventual mejora de las variables macroeconómicas en llegar a la economía cotidiana. Mientras tanto, detrás de cada porcentaje hay familias que achican el changuito del supermercado, acumulan deudas o dejan de comprar. Y con el empleo registrado en retroceso, la recuperación del poder adquisitivo sigue siendo una de las principales preocupaciones sociales.
