Empleo informal, desempleo y caída de la industria: una economía que expulsa trabajadores y golpea a los hogares

La economía argentina combina 45% de informalidad laboral, 7,9% de desocupación y una caída del 5% en la producción industrial manufacturera. Detrás de esos porcentajes hay millones de personas que no encuentran trabajo, trabajadores que se desempeñan sin derechos laborales y familias que deben ajustar sus gastos para llegar a fin de mes.
Durante el segundo trimestre de 2026, la tasa de desocupación llegó al 7,9% en los 31 aglomerados urbanos relevados por el INDEC. En ese universo, la cifra representa aproximadamente 1.164.000 personas sin trabajo. Si se considera el conjunto del país, el número de desocupados asciende a cerca de 1,8 millones de personas.
La desocupación aumentó 0,3 puntos porcentuales frente al mismo período del año anterior y 0,1 puntos respecto del trimestre anterior. La región Pampeana registró una tasa del 9,7%, mientras que el Gran Buenos Aires llegó al 8,2%, ambos valores por encima del promedio nacional.
El dato más contundente es que casi 1 de cada 2 trabajadores se encuentra en la informalidad. La tasa alcanzó el 45%, equivalente a aproximadamente 6,1 millones de personas que trabajan sin la registración correspondiente.
La informalidad implica menores ingresos y menos derechos. Son trabajadores que, en muchos casos, no cuentan con aportes jubilatorios, obra social, vacaciones pagas, licencias ni protección frente a un despido. Pueden trabajar todos los días y, aun así, no tener estabilidad ni garantías para sostener a sus familias.
Además, la informalidad aumentó 1,8 puntos porcentuales en la comparación interanual. El mercado laboral no solamente tiene dificultades para generar nuevos puestos: también muestra un crecimiento de ocupaciones más precarias y con menor protección.
La industria tampoco logra recuperarse. La producción industrial manufacturera cayó 5% en julio de 2026 frente al mismo mes del año anterior. El retroceso afecta a uno de los sectores con mayor capacidad para generar empleo directo e indirecto.
Cuando una fábrica produce menos, el impacto no queda limitado a sus trabajadores. También alcanza a proveedores, transportistas, talleres, empresas de mantenimiento, comercios y servicios que dependen del movimiento industrial.
Menos producción significa menos pedidos, menos horas de trabajo y menor circulación de dinero. Para las pequeñas y medianas empresas, una caída prolongada de la actividad puede traducirse en suspensiones, reducción de personal, postergación de inversiones o cierre.
La actividad económica también perdió fuerza. Durante el segundo trimestre de 2026, el Producto Bruto Interno registró una caída del 0,6% frente al trimestre anterior. Aunque la comparación interanual mostró una variación positiva del 2%, el retroceso trimestral evidencia una desaceleración en la evolución más reciente.
El crecimiento interanual, por sí solo, no alcanza para mejorar la vida cotidiana. Si la producción se frena, la industria cae y el empleo registrado no se recupera, los efectos de la recuperación no llegan de la misma manera a todos los hogares.
La situación también se siente en los comercios. Las familias priorizan alimentos, alquileres, tarifas, transporte y medicamentos. Las compras que no son indispensables se postergan y los negocios de cercanía enfrentan una caída en la demanda.
Los comerciantes deben afrontar alquileres, impuestos, servicios, salarios y costos de reposición cada vez más difíciles de cubrir. Muchos locales pueden continuar abiertos, pero con márgenes mínimos y sin capacidad para contratar personal o invertir.
La caída del consumo genera un efecto en cadena: se vende menos, se produce menos, se reducen los pedidos y se deterioran las condiciones laborales. En ese proceso, los empleos formales pueden ser reemplazados por changas, trabajos temporarios o actividades sin registración.
Frente a la pérdida de ingresos, muchas familias recurren a tarjetas de crédito, préstamos personales, adelantos de sueldo o financiamiento informal para cubrir gastos básicos. El crédito deja de utilizarse para proyectos o compras importantes y pasa a ser una herramienta para pagar alimentos, servicios o alquileres.
Las cuotas acumuladas reducen todavía más el dinero disponible durante los meses siguientes y pueden generar nuevos atrasos. Así, muchas familias quedan atrapadas en un círculo de menores ingresos, más deuda y menor capacidad de consumo.
Los números muestran la dimensión del problema: 1,8 millones de personas desocupadas en todo el país, 1.164.000 personas sin trabajo en los aglomerados urbanos relevados, 6,1 millones de trabajadores informales y una tasa de informalidad del 45%.
A esto se suma una desocupación del 7,9%, que llega al 9,7% en la región Pampeana y al 8,2% en el Gran Buenos Aires, junto con una caída del 5% de la producción industrial y un retroceso del 0,6% de la actividad económica frente al trimestre anterior.
Detrás de cada porcentaje hay personas que buscan trabajo, trabajadores sin derechos, fábricas que producen menos, comercios que venden por debajo de sus posibilidades y familias que se endeudan para llegar a fin de mes.
La economía puede mostrar una variación positiva en una comparación anual, pero si el empleo registrado no se recupera, la informalidad aumenta y la industria continúa cayendo, la recuperación no llega de la misma manera a todos.
El problema no es solamente cuánto crece la economía. El problema es qué empleo genera, a quién alcanza ese crecimiento y cuántas familias quedan afuera.