La salida de Marco Lavagna de la conducción del INDEC se da en un contexto económico marcado por fuertes aumentos en combustibles y servicios públicos, tras la quita de subsidios dispuesta por el Gobierno nacional. Lejos de ser un hecho aislado, la renuncia se produce cuando la inflación vuelve a quedar en el centro de la escena.
Desde febrero, el impacto es directo sobre la vida cotidiana. Suben las tarifas de luz y gas, aumenta el transporte y los combustibles, y ese encarecimiento se traslada rápidamente al resto de los precios. Alimentos, logística y servicios reflejan una suba que no responde a mayor consumo, sino a costos que se disparan. El resultado es un deterioro inmediato del poder adquisitivo.
En ese marco aparece un punto clave: el cambio en la medición del Índice de Precios al Consumidor (IPC) que finalmente no se habría aplicado. Durante su gestión, Lavagna impulsó la actualización de la canasta y de las ponderaciones del índice, con el objetivo de reflejar hábitos de consumo más reales, donde tarifas, transporte y energía tienen hoy un peso mucho mayor que en mediciones diseñadas años atrás.
Con la batería de aumentos en marcha, avanzar con esa actualización tenía un efecto previsible: la inflación medida iba a dar más alta. No por un artificio estadístico, sino porque el nuevo esquema captaría con mayor precisión el impacto de los tarifazos y del aumento de los combustibles sobre los hogares.
Según distintas lecturas económicas y políticas, esa es una de las razones por las cuales el cambio metodológico no se terminó de efectivizar. En un contexto donde el discurso oficial busca mostrar desaceleración inflacionaria, una medición más ajustada a la realidad podía convertirse en un problema político.
Lavagna evitó confrontaciones públicas y habló de “cierre de etapa”, pero su salida deja al descubierto una tensión de fondo: medir la inflación tal como se siente en la calle o sostener indicadores que atenúen el impacto real de los aumentos. La discusión no es técnica, sino profundamente social.
Para ciudades como la nuestra, donde el peso del combustible, el transporte y los servicios incide de lleno en la economía diaria, la inflación no es un número abstracto. Se refleja en la boleta que llega con aumento, en el costo de moverse y en la góndola que cambia de precio semana tras semana. En ese contexto, la renuncia del titular del INDEC abre un interrogante central: qué tan fieles serán los próximos datos oficiales al impacto real que ya se vive en los hogares.
