El Gobierno amplió las facultades de la SIDE y reavivó el debate constitucional

El Gobierno nacional avanzó con una nueva modificación del sistema de inteligencia mediante un decreto que amplía las atribuciones de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) y redefine el funcionamiento del área. La medida, impulsada por la administración de Javier Milei, introduce cambios sensibles que vuelven a poner en discusión los límites del poder estatal, el control democrático y el respeto al federalismo.

Uno de los puntos centrales del decreto establece que todas las actividades vinculadas a la Inteligencia Nacional revisten, desde ahora, carácter encubierto, “en virtud de su sensibilidad” y con el objetivo de minimizar el denominado “Riesgo Estratégico Nacional”. En los hechos, esta definición amplía el nivel de reserva sobre el accionar del sistema y reduce la visibilidad pública de sus funciones, un aspecto que históricamente ha generado reparos en organismos de derechos humanos y especialistas en control institucional.

El texto también autoriza a los agentes de inteligencia a proceder a la aprehensión de personas en casos de flagrancia o cuando exista un requerimiento judicial. Si bien el decreto aclara que los agentes deberán dar aviso inmediato a las fuerzas policiales o de seguridad competentes, la incorporación de esta facultad a un organismo que no es una fuerza policial marca un cambio relevante y polémico en la arquitectura institucional.

En este punto aparece uno de los principales debates jurídicos: la posible superposición de competencias con las provincias. La Constitución Nacional establece que las jurisdicciones provinciales conservan todo el poder no delegado al Estado nacional, y que la seguridad interior es, en términos generales, una atribución de las policías provinciales. Al habilitar a un organismo de inteligencia nacional a realizar aprehensiones, incluso de forma acotada, el decreto abre una zona gris respecto de la autonomía provincial y el reparto de funciones entre Nación y provincias.

A esto se suma el interrogante constitucional. La privación de la libertad personal está protegida por garantías básicas como el debido proceso y el control judicial efectivo. Diversos especialistas advierten que ampliar facultades coercitivas por decreto —y no por una ley debatida y sancionada por el Congreso— puede entrar en tensión con la Constitución y con los tratados internacionales de derechos humanos que tienen jerarquía constitucional en la Argentina.

Otro aspecto central de la reestructuración es la disolución de la Agencia de Seguridad Nacional y la creación de la Agencia Nacional de Contrainteligencia, que tendrá como misión prevenir infiltraciones, fugas de información clasificada, sabotajes y atentados contra el orden constitucional. Sus funciones se extenderán a todo el Sector Público Nacional, reforzando el rol del área de inteligencia en la estructura del Estado.

Desde el Gobierno, la medida es presentada como una reorganización necesaria frente a amenazas internas y externas. Sin embargo, el refuerzo del secreto, la ampliación de facultades y la vía elegida —un decreto del Poder Ejecutivo— generan dudas sobre los mecanismos de control y los límites del accionar estatal.

En un contexto de ajuste económico, recorte de derechos y creciente conflictividad social, estos cambios no son abstractos. Impactan en la vida cotidiana al ampliar el poder de organismos que operan en reserva y al redefinir el equilibrio entre seguridad, libertades individuales y federalismo. El desafío será evitar que, bajo el argumento de la seguridad, se consoliden prácticas que debiliten las garantías constitucionales y el control democrático.